Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos
EDUCACIÒN Y RELIGIÒN


Marco Antonio Figueroa Quinto



"Un hombre de Estado es el que se pasa la mitad de su vida haciendo leyes, y la otra mitad ayudando a sus amigos a no cumplirlas. Noel Clarasó




Este lunes cinco de febrero no solo debimos festejar los noventa años de la Constitución de 1917, la que surgió como resultado del movimiento revolucionario, sino los ciento cincuenta años de la Constitución, que los próceres de la Reforma nos legaron y sus influencias benefactoras siguen plasmadas en El Artículo Tercero de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, que establece en sus incisos primero y segundo donde garantizada por el Articulo 24 la libertad de creencias, dicha educación será laica y, por tanto, se mantendrá por completo ajena a cualquier doctrina religiosa; y el criterio que orientara a esa educación se basará en los resultados del progreso científico, luchara contra la ignorancia y sus efectos, las servidumbres, los fanatismos y los prejuicios.

En la vida social la opinión impone su dominio y se muestra tiránica en cuestiones de religión, así vimos este día como muchos (si muchos, no “mochos” desean incluir de una vez por todas, la religión católica en las aulas mexicanas, con la complacencia de legisladores y apoyados en oscuros acuerdos del ejecutivo) opinaron sobre lo obsoleto de nuestra máxima ley, son los mismos que la han estado violentando durante muchos años. Como docentes responsables de nuestro devenir histórico, hemos luchado -y seguiremos luchando- contra atentados retrogradas y oscurantistas (dichas fuerzas envalentonados por el triunfo del panismo y Legionarios de Cristo incrustados en grupos de avanzada) pretenden adueñarse de los destinos de la educación, para plantear a las mayorías opciones engañosas, en que religión se debe educar a nuestra nueva generación. La respuesta es que no debe ser educado en ninguna. La misión del maestro es ponerlo en situación de que elija aquella a que le lleve el uso de su razón. Pero a fin de tratar las cuestiones relativas a este interesante asunto nos apoyaremos en la tesis del inmortal Juan Jacobo Rousseau, que insertado en su escrito Profesión de fe del presbítero saboyano, que, a su juicio, puede ser modelo de cómo reflexionar con un alumno cuando tiene que apegarse al método que ha ideado. Es el discurso de quien tiene sana razón y ama la verdad. En su búsqueda se propone ajustarse al procedimiento cartesiano. El primer resultado que tal procedimiento le ofrece es lo que considera su primera verdad: "Existo y tengo sentidos por los cuales soy conmovido”. Se percata después que sus sensaciones son diferentes de los objetos que las ocasionan. Según eso no sólo él existe sino otras cosas: los objetos de sus sensaciones. Todo lo que obra desde fuera de él mismo sobre sus sentidos lo llama materia. Deduce las propiedades de la materia por las cualidades que de ella le entregan los sentidos. Se persuade de que la materia no tiene fuerza ninguna por sí misma. Pero la materia aunque no sea materia organizada, se mueve y sus movimientos están sujetos a leyes; tiene que aceptar una voluntad como causa primera. Ese es su primer dogma o artículo de fe. El segundo artículo de fe es que los movimientos según leyes demuestran una inteligencia. Este ser que quiere y puede y mueve el universo lo llama Dios. A este nombre une las ideas de inteligencia, potencia, voluntad y una consecuencia de ellas: la bondad.

Resuelto eso, investiga el lugar que le corresponde entre las cosas. Resuelve que, por su especie, ocupa el primer lugar, pues tiene voluntad e inteligencia. Bendice y adora al que le dio esos privilegios. Ese culto se lo dicta la naturaleza, es natural -dice Rousseau- que como consecuencia del amor de sí mismo ame lo que le hace bien. Las reflexiones sobre el lamentable espectáculo de desorden que ofrecen los individuos lo llevaron a la idea del alma. Este es su tercer artículo de fe: el hombre es libre en sus actos y se encuentra "animado por una sustancia inmaterial".

Sus actos no son atribuibles a la providencia. Consecuentemente: "El mal moral, sin duda, es obra nuestra”. Dios, soberanamente bueno y poderoso, debe ser justo; sin ello caería en contradicción. De acuerdo con eso, el creador le ha señalado al hombre un destino en la tierra y, según Rousseau, las reglas para cumplirlo se hayan en el interior de su corazón, inscritos en él por la naturaleza. Se las dicta la conciencia, que, a diferencia de la razón, nunca se equivoca, "principio innato de justicia y virtud", el cual nos permite estimar como buenas o como malas las acciones humanas y cuyos actos no consisten en juicios sino en afectos. La exposición de la Profesión de fe del presbítero saboyano es la religión natural sostenida por Rousseau. A ella se atiene en su “Emilio”, pues a ella llegas la razón fuera de toda autoridad y preocupación humana, como lo exige su método. Sin embargo, “Emilio” puede tener otra si así lo decide. En cuestiones de esa índole sólo es necesario hacerles claridad en lo que se cree, pues las ideas obscuras conducen al fanatismo. No deben dárseles razones de las creencias.



En la enseñanza a las jóvenes, la religión no debe inculcarse imponiéndola como tarea; por tanto, han de eliminarse las lecciones de memoria sobre cosas que con ellas no guardan relación. Han de aprender solamente las que prometan alguna humana sabiduría. Tienen que abandonarse por tanto los dogmas de la religión cristiana o de cualquier otra índole.
Por ello, la educación de las nuevas generaciones del país debe mantenerse alejada de cualquier dogma, pues ello permitirá continuar con el progreso y libertad que todos necesitamos y merecemos. ¿O no? ¡Estamos!